martes, 21 de mayo de 2013

130521_Susan Sontang_As Consciousness Is Harnessed to Flesh: Journals and Notebooks, 1964-1980 (fragmento)


Un aporte de Katerina Psegiannaki


Susan Sontag (1933-2004)

Why not eliminate schooling between age 12-16? It’s biologically + psychologically too turbulent a time to be cooped up inside, made to sit all the time. During these years, kids would live communally — doing some work, anyway being physically active, in the countryside; learning about sex — free of their parents. Those four ‘missing’ years of school could be added on, at a much later age. At, say, age 50-54 everyone would have to go back to school. (One could get a deferment for a few years, in special cases, if one was in a special work or creative project that couldn’t be broken off.) In this 50-54 schooling, have strong pressure to learn a new job or profession — plus liberal arts stuff, general science (ecology, biology), and language skills.
This simple change in the age specificity of schooling would a) reduce adolescent discontent, anomie, boredom, neurosis; b) radically modify the almost inevitable process by which people at 50 are psychologically and intellectually ossified — have become increasingly conservative, politically — and retrograde in their tastes (Neil Simon plays, etc.)
There would no longer be one huge generation gap (war), between the young and the not young — but 5 or 6 generation gaps, each much less severe.
After all, since most people from now on are going to live to be 70, 75, 80, why should all their schooling be bunched together in the first 1/3 or 1/4 of their lives — so that it’s downhill all the way  
Early schooling — age 6-12 — would be intensive language skills, basic science, civics, the arts.  
Back to school at 16: liberal arts for two years
Age 18-21: job training through apprenticeship, not schooling




martes, 14 de mayo de 2013

130514_Henri Focillon_La vida de las formas y Elogio de la mano (fragmento)

Henri Focillon (1881-1943)



“La madera de la estatua ya no es la madera del árbol; el mármol esculpido ya no es el mármol de la cantera; el oro fundido, cincelado, es un metal inédito; el ladrillo cocido y moldeado no guarda relación con la arcilla del gredal. El color, el granulado y todos los valores que afectan al tacto óptico han cambiado. Las cosas antes sin superficie, ocultas tras la corteza, enterradas en la montaña, prisioneras de la pepita, hundidas en el barro, se han separado del caos, han adquirido epidermis, se han adherido al espacio y han captado una luz que las modifica a su vez”  

(Henri Focillon, La vida de las formas y Elogio de la mano: Xarait, 1983, p.38)

domingo, 12 de mayo de 2013

13/05/12_Federico Soriano_Construcción del Miedo


Federico Soriano
100 Hipermínimos / 100 Hyperminimals
Pág 20




Ezra Pound (1885-1972)



Construcción del Miedo

Si se tiene miedo, no se actúa. Si tenemos miedo, no construimos. Hoy en día no existen seguridades, aunque es mejor que no las haya. La angustia está agazapada en el desconocimiento exacto del resultado, en la ignorancia de las metas, en la aceptación social de las formas, en la desconfianza sobre nuestros cálculos. Preguntar no significa mostrar inseguridades. Hay que arriesgarse para equivocarse. El miedo paraliza.

“Reúno estas palabras para cuatro personas,
alguien más puede cazarlas al vuelo,
oh mundo, lo siento por ti,
no conoces a esas cuatro personas”. 4


¿Cuál es el riesgo? ¿Cuál es el daño? Soledad, crítica, equivocación, ignorancia, incultura, vacío. Cada decisión tiende detrás una idea política, social, medioambiental, cultural, arquitectónica en suma. No podemos eludir nuestra responsabilidad. Se debe apostar en cada momento por algo. A fondo, con seguridad en sí mismo. El sueño del arquitecto es buscar soluciones insólitas. La intrepidez es necesaria. La historia produce miedo. El peligro está en pensar en el resto de los arquitectos. La imaginación se arriesga. El sueño de la experiencia produce monstruos convencionales, y además no hace desaparecer los temores.

SI tuviésemos miedo no nos atreveríamos a leer. Si tenemos miedo los sueños se desvanecerán.


The construction of fear

If there is fear, nothing is accomplished. If we are afraid, we do not build. Today there is no security, which is a good thing. Distress hides within not knowing the exact result, in not knowing the aims, the social acceptability of form, and lack of confidence in our calculation. To ask, however, does not mean insecurity. One must take risk in order to make mistakes. Fear is paralyzing.

“I join these word for four people,
Some others may overhear,
O world, I am sorry for you,
you do not know these four people”. 4

What is the risk? What is the damage? Solitude, criticism, error, ignorance, lack of culture, emptiness. Every decision has a political, social, enviromental, cultural, and deep down we have confidence in ourselves. The dream of the arquitect in to look for unusual solutions. Courage is necessary; history produces fear. The danger lies in worrying about other architects. Imagination takes risk. The dream of experience produces predictable demons, and does not alleviate fear.

If we were afraid, we would not dare to read; if we have fear, our dreams will vanish.


4 Ezra Pound, “Causa”, en Personae
4 Ezra Ponud, Causa, in: Personae

domingo, 5 de mayo de 2013

13/05/05_Michel Huellebecq_H.P. Lovecraft / Contra el mundo, contra la vida (fragmento)



Howard Phillips Lovecraft (1890-1937)



Michel Houellebecq (1958)



H.P. Lovecraft _ Contra el mundo, contra la vida. (fragmento)
Michel Huellebecq

© Ediciones Siruela, S.A., 2006
pág 35-36        

            Actualmente, la superficie del planeta aparece cubierta por una red de mallas de irregular densidad y de fabricación exclusivamente humana.

            Por esta red circula la sangre de la vida social. Transportes de personas, de mercancías, de productos; múltiples transacciones, órdenes de venta, informaciones que se cruzan, intercambios más estrictamente intelectuales o afectivos… Este flujo incesantemente aturde a la humanidad, de la que se apoderan los espasmos agónicos de su propia actividad.

            Sin embargo, en los lugares donde las mallas de la red están más flojas, aquel que busca “ávido de saber” logra entrever extrañas entidades. En todos aquellos espacios donde las actividades humanas se interrumpen, donde hay un hueco en blanco, se agazapaban los antiguos dioses, dispuestos a recuperar su poder.

            Como ese terrorífico desierto del interior de Arabia, el Rub al Khali, al que regresó en el 731, tras diez años de completa soledad, un poeta mahometano llamado Abdul Alhazred. Habiéndose vuelto indiferente a las prácticas del islam, consagró los años siguientes a redactar un libro impío y blasfemo, el terrible Necromicón (del que algunos ejemplares sobrevivieron a la hoguera y atravesaron las edades), antes de acabar devorado en pleno día por unos monstruos invisibles en la plaza del mercado de Damasco.

            Como en las inexploradas mesetas del norte del Tibet, donde los degenerados Tcho-Tcho adoran bailoteando a una divinidad innombrable, a la que llaman “El Muy Antiguo”.

            Como en esa gigantesca extensión del sur del Pacífico, en la que inesperadas convulsiones volcánicas sacan a veces a la luz vestigios paradójicos, testimonios de una escultura y una geometría completamente inhumana, ante los cuales los apáticos y viciosos nativos del archipiélago de las Tuamotu se prosternan haciendo reptar el torso de extrañas maneras.

            En las intersecciones de sus vías de comunicación, el hombre ha construido metrópolis feas y gigantescas en las que cada cual, aislado en un apartamento anónimo en mitad de un edificio idéntico a los demás, está convencido de ser el ombligo del mundo y la medida de todas las cosas. Pero bajo las guaridas de estos insectos cavadores, muy antiguas y poderosísimas criaturas despiertan lentamente de su sueño. Ya estaban allí en el Carbonífero, ya estaban allí en el Triásico y el Pérmico; oyeron los vagidos del primer mamífero, oirán los alaridos de agonía del último.

domingo, 28 de abril de 2013

13/04/28_Ricardo Martínez Gamboa_Mi idea favorita


(dibujo del artista visual Victor Espinoza  / www.flickr.com/photos/victorportafolios)


Mi idea favorita
Ricardo Martínez Gamboa
(texto encontrado en revista GRIFO, nº25, 2012, Santiago de Chile, Escuela de Literatura Creativa Universidad Diego Portales)

Es 1994. Soy un alumno de literatura. El más flojo de mi curso: no voy a ninguna clase y suelo pasar los mediodías de la primavera tomando malta con huevo en Las Lanzas, que queda a un tiro de piedra de la universidad. En aquellos días, aunque ya me ha dejado de interesar la lectura como estudio y me encamino hacia el lado oscuro de la fuerza (la lingüística), me la paso la mayor parte del tiempo de vigilia hablando de libros, autores, movimientos. Creo que me ocurre lo que a todos, o a casi todos, quienes siguen esa licenciatura: mi vida gira en torno a la narrativa y a la poesía.

Estamos sentados en el local de la plaza Ñuñoa con Natalia García, una entrañable amiga y compañera de correrías, haciendo “la chancha”. En un momento de la conversa tiro una bomba: “¿Sabes, Natalia, para mí que todo es literatura?”. La conversación ha ido más o menos así: alta literatura, baja literatura, géneros orales, las culturas que basan su memoria en la oralidad, las fantasía y la ciencia ficción, los autores de best seller, qué entendemos por lo literario, el formalismo ruso, la literalidad, el extrañamiento. Nos han educado en la universlidad para entender que el “fenómeno literario” tiene propiedades que lo distinguen del lenguaje cotidiano. Y de pronto se me ha ocurrido que eso no tiene ni pies ni cabeza; literatura hay por todas partes. Natalia me tira con extrañeza y un poco de rabia: “Si la literatura está en todos lados, nos vamos a quedar sin pega”, o algo así.

Muchos años mas tarde, revisando en Internet me encontré con el siguiente párrafo (perdonar lo largo): “La gente cuenta historias. En todo el mundo, y probablemente durante todo el tiempo que ha existido, la gente ha inventado personajes y ha contado hazañas ficticias. Esta aparente frivolidad no es poca cosa para los asuntos humanos. Si uno tuviera que dimensionar el número de horas y recursos invertidos en el disfrute de la ficción en todas sus formas –la narración, el juego de simulación, los mitos u leyendas, los cuentos, las novelas, las historias breves, los poemas épicos, la televisión, las películas, el teatro, la ópera,  las baladas, las pinturas narrativas, los chistes, las tiras cómicas, las parodias y los juegos de video-, sin duda representarían una parte muy importante del tiempo de las personas y una gran parte de la actividad económica moderna. Teniendo en cuenta los costos en tiempo, las oportunidades perdidas para participar en actividades prácticas y los peligros de confundir la fantasía con la realidad, nuestro anhelo de perdernos en la ficción resulta un gran rompecabezas para cualquiera que busque comprender a los seres humanos” (Steven Pinker).

Cuando lo leí en la cuenta de que esa era mi idea favorita. Una idea que fue pergeñandose por muchos lustros. Y hay más. No solo hay literatura en los artefactos culturales de los que habla Pinker. La historia y la vida también la tienen. Los neurocientistas y los cuentistas cognitivos defienden que nuestra memoria funciona como la literatura. El recuerdo de nuestra existencia se almacena y procesa en nuestra cabeza el modo de un relato. A eso se le llama la memoria episódica, postulada a inicios de los años setenta por Tulving. No solo lo que nos pasó en la infancia o hace tiempo, sino también en el registro cotidiano: Alan Baddeley sostiene, en 2006, que lo que recordamos de aquello que hemos hecho en lo últimos minutos, nuestra memoria de trabajo – a veces llamada de corto plazo-, también funciona como un relato. “La mente es literaria” (Mark Turner), todo es literatura.

Cada año me pasa lo mismo. Observo detenidamente en mis primeras clases de gramática a la hornada –o casi eso- de mechones que llegan a la universidad. Vienen con sueños y esperanzas, muchos de ellos, muchas de ellas, queriendo escribir, queriendo leer. Pasan los semestres y normalmente la pasión se apaga. Sienten que estudian una carrera que no sirve para nada. Hasta han levantado una página de Facebook titulada a medias como ironía, a medias como remedio: Sí, estudié literatura, ¿y qué? Los profesores hemos hecho lo nuestro gastando la mayor parte del tiempo enseñándoles sobre los griegos y los medievales, sobre las vanguardias, las neovanguardias, las posvanguardias. Hemos hecho que se vuelvan aprendices y expertos en textos que no leerán más que ellos. Muchos pasarán sus vidas leyendo libros que fueron escritos para estudiantes de literatura, para tesistas, para especialistas. Los estudios de la literatura se habrán reducido a un corpus de escritos que solo circulan en la academia. Y claro, sentirán en su fuero interno que nadie los entiende, que saben algo que no tiene ninguna utilidad en estos días de mercado, cuando se habla de que la CONICYT se irá donde los economistas.

Y sin embargo, hay una salida. Todo es literatura. Como decía Pinker, hay literatura en la publicidad, en los cómics, en los videojuegos y hasta en la pornografía. Nuestros estudiantes no son expertos en tal o cual autor, o en tal o cual periodo. Son expertos en entender los entramados y los recursos de las narraciones. Perdón que ponga mi caso. En febrero de 2002 me pidieron que escribiera columna para Las Últimas Noticias. Y me dijeron que lo hiciera sobre la farándula. Al menos eso creía. Hasta que di con una aplicación sorpresiva de mi idea favorita. “Leamos la farándula como si fuera una gran narrativa”. Creo que ha dado resultado. Lo que aprendí en las pocas clases a las que fui como el estudiante mas flojo de mi curso y en las innumerables conversaciones al calor de una cerveza helada me sirvió para entender la farándula como un tipo de relato literario. Finalmente, como una vez en Stanford dijo Steve Jobs: “Los puntos se conectaron”. Realmente me gustaría que eso le pasara a todos quienes siguen estos estudios; como reza la “Desiderata”: “Mantén el interés en tu propia carrera, por humilde que sea, pues es un verdadero tesoro en las cambiantes fortunas del tiempo”. Concuerdo.

jueves, 25 de abril de 2013

13/04/25_Juan José Lahuerta, fotos Eva Serrats_Se calienta el mármol



Juan José Lahuerta

 Eva Serrats




Donde se da noticia de que entre los últimos, y escasos, monumentos vivos de Barcelona se encuentran unos mármoles situados en ciertos umbrales de la Rambla de Santa Mónica, y se nos invita a mirar el suelo que pisamos para descubrir, en las huellas que abandonamos al paso, la imagen petrificada de nuestros cuerpos sometidos al tráfico abstracto y especulativo de la ciudad.

Estamos acostumbrados a ver –o deberíamos decir, a notar– en el mármol de los umbrales, en los suelos de los zaguanes, en los escalones, la huella que los pasos de otros como nosotros han dejado al cabo de los años. El pie se apoya siempre en el mismo sitio, con la misma presión relativa y en la misma postura, sea quien sea la persona que entra, o sale, o sube. La disposición de las cosas –la posición del picaporte o de la barandilla, por ejemplo– obliga al mismo gesto a todos quienes pasan por allí, y encajamos nuestro pie en la huella como en un molde necesario. Esas huellas suelen ser profundas, pero suaves, redondeadas, como las que dejaban antes las ruedas de los carros en los adoquines de las calles o como las que han dejado las manos en las molduras bajas de los muros de una iglesia, en la pila del agua bendita o en las heridas de la madera de un santo. De esos surcos y de esas huellas no se puede escapar: ¿quién intentaría hacer pasar su carro por otro lugar o poner su pie, expresamente, absurdamente, al otro lado del escalón? Los carros cargaban con grandes pesos y sus ruedas llevaban llantas de hierro; las manos de quienes se apoyan en el borde de una pila para mojar las yemas de sus dedos, en cambio, tan sólo rozan suavemente la piedra, y los labios que se acercan al pie de un Niño Jesús casi no lo tocan. Sin embargo, el efecto de esa llanta pesadísima no es distinto al de la caricia o el beso repetidos infinitamente en la misma superficie dura. Como el agua de un río, son fluidos que bañan continuamente, sin pausas, el cuerpo sólido por el que discurren, modelando en él las formas suaves de esas huellas. El desgaste del mármol de un umbral no es el producto visible de la permanencia de una devoción, sino de la acción más cotidiana, y el gesto de poner el pie en el primer peldaño no es ritual, sino inconsciente, pero conforma los mismos huecos, provoca las mismas suavidades, modela igual que el gesto devoto. Las gentes que han acudido todos los días de su vida a acariciar un pedestal sagrado y las que, como nosotros, han atravesado un portal cualquiera tan sólo una vez, entrar y salir, una vez nada más, han dejado el mismo rastro, exactamente el mismo.

Aunque no. Es el mismo, pero no lo es. La erosión del pie de un santo es el testimonio de su virtud: es la huella que habla de la permanencia, de lo que se conserva; en el mármol del umbral de una puerta o de los peldaños de una escalera cualquiera, en cambio, ese desgaste es el signo de su ruina, lo que nos dice que esos peldaños serán cambiados por otros nuevos y lo que nos avisa de su próxima conversión en escombro. Así que el dulce stiacciato de esos umbrales cualquiera en los portales de nuestras calles no es sino la imagen engañosa de la crueldad de los elementos, que en este caso, sin embargo, actúan sin ninguna solemnidad, a través de nosotros mismos, sin consuelo o, peor, sin atención. Podríamos traer a cuento los tópicos más barrocos, pero aquí no hay agua ni viento ni maleza aliados con el tiempo, sino nada más que nuestros pies entrando y saliendo del portal a toda prisa, sin fijarse pero fijándose inmisericordes en su huella sin importancia. Nosotros somos los agentes y las víctimas de esa erosión que nadie llamará pátina, como la de una piedra histórica o sagrada, sino ruina: la basura que produce el uso, nuestro propio uso, el uso de nosotros mismos. O sea: huellas que no son nada, que no permanecen, que hablan, sin paradoja, de lo que se destruye sin dejar rastro, que gastan por igual el escalón y la suela del zapato, que no animan.

Aunque no todos los umbrales se desgastan del mismo modo. Bajando por la Rambla de Santa Mónica, a la izquierda, en algunos portales se ha producido una extrañísima erosión. No hay nada de esa suavidad, de ese sfumato al que estamos acostumbrados, sino dos agujeros, uno a cada lado, perfectamente simétricos, estrechos y hondos, que han llegado incluso a atravesar el mármol y que cuando llueve se llenan de agua sucia, como pozos. Son oblongos, formados por distintos estratos que van del borde romo exterior al corte roto, quebrado, del fondo, y que están unidos por un rebaje continuo, alargado, una especie de arruga que los abraza a ambos y que se estrecha en el centro del peldaño. Detrás de cada uno de los agujeros mayores pueden distinguirse dos hendiduras cuya tendencia a unirse para ensanchar aún más el hueco principal es manifiesta. No llegaron a hacerlo: la erosión se interrumpió aquí. Aunque en este caso más valdría hablar de excavación: esos agujeros los han hecho los tacones de las prostitutas que durante años han esperado ahí a sus clientes, apoyándose en las puntas quietas de los pies, repiqueteando para pasar el frío. Pocas veces quedará tan tajantemente demostrado cómo lo táctil contiene a lo visible, y con qué violencia lo hace.

El tacón puntiagudo golpea rítmicamente el mármol, descarga en él el peso de todo el cuerpo, que es un cuerpo expuesto; la música y la carne de gallina se contraen en el hueco oscuro de esos agujeros, taladrados de dos en dos, como dos ojos o, si quisiéramos construir un emblema apropiado, como las cuencas vacías de la calavera. O como ojos, entrecejos fruncidos y orejas de piedra. O huecos como senos –eso es lo que son, propiamente: seno, matriz–, el golpe del talón retumbando en ellos. O huellas en el mármol y huecos en el cuerpo, orificios en la piedra y en la carne, agujeros obtenidos por un comercio convertido repentinamente en heroico arte di levare. O un cuerpo que tirita pero que, como gran escultor, calienta el mármol, haciendo de las vetas venas, arterias y tegumento. O, en fin: trépano sin tiempo del cuerpo helado y exhibido.

Esos mármoles se han desgastado así porque en ese instante de la exposición de los cuerpos, esos son los umbrales que no se atraviesan, los umbrales extremados, a la vez refugio y escaparate. Cuando los ocupaban las mujeres sólo tenían un lado, una cara. Son huellas producidas por el peso de un cuerpo absolutamente real, que tirita de frío y que tiembla de los nervios de la espera, en el momento preciso en el que ese mismo cuerpo, en ese umbral, aparece flotando en un mercado sin umbrales, absolutamente abstracto. Las huellas surgen del instante de un uso suspendido, del puro valor de cambio de unos cuerpos convertidos en mercancía, pero, sin embargo, es justamente el peso de un cuerpo verdadero y trémulo el que las excava. Cuerpo sin tiempo, claro, y sin cualidad, indiferente, pero helado y expectante: esas huellas son la reminiscencia de lo perdido, pero, al mismo tiempo, la imagen de la gran pérdida, tacto y separación, la señal de lo que estuvo aquí y la señal, mucho más dura, de que ya no está: la violencia a la piedra es la marca del cuerpo violentado. Estas son las huellas que no engañan, en las que no podemos poner distraídamente nuestro pie: el hueco de ese molde, de esa horma, no está ahí para esperar a nuestro zapato, sino para que tropecemos. Son las huellas terribles que nos expulsan y nos atraen al mismo tiempo, o que nos atraen porque nos expulsan, como el negativo atroz de un fetiche que ya no existe: sólo su huella. Pero también es en esas huellas, cráteres de un volcán frío, del contacto siempre repetido, de todos los momentos como el mismo momento, donde la ciudad verdadera –si es que eso es algo– sobrevive. Sobrevivimos, en efecto, como un residuo, en el lugar del contacto y la pérdida simultáneos.

En una ciudad oficialmente higiénica como la nuestra, turística, minimal, amante de la historia y de la arqueología recreativas, en la que todo se entierra bajo capas de Arquitectura, volvemos ahora a imaginar la Rambla como el gran río, torrentera, cloaca, jirón de prostituta, gran avenida, descubriendo de repente, aún, esas huellas, uno de los últimos monumentos vivos de Barcelona y uno de los pocos que podemos amar y admirar.






domingo, 14 de abril de 2013

13/04/14_Robin Evans _Figuras, puertas y pasillos (1978)


Texto encontrado en:
Robin Evans / Traducciones
Traducción de Moisés Puente
Editorial Pre-Textos, 2005
Págs. 70-107


(Publicado originalmente como “Figures, Doors and Passages”, en Architectural Design, vol. 48, 4, abril de 1978.)

Figuras, puertas y pasillos.
Robin Evans




         Las cosas ordinarias encierran los más profundos misterios. Al principio es difícil ver en la distribución convencional de una casa contemporánea algo que no sea más que la cristalización fría de la razón, la necesidad y la obviedad y, por ello, nos dejamos llevar fácilmente a pensar que un producto tan transparente, poco excepcional debe haber surgido directamente de las necesidades humanas básicas. De hecho, prácticamente todos los estudios sobre la vivienda, sea cual sea su alcance, se basan en este supuesto. Un destacado experto ha declarado: “La lucha por encontrar un hogar y el deseo de refugio, privacidad, confort e independencia que puede satisfacer una casa son cosas conocidas en todo el mundo” 1. Desde esta posición estratégica, las características de la vivienda moderna parecen trascender nuestra propia cultura, elevándose al estatus de requisitos universales y eternos para una vida decente. Esto tiene fácil explicación puesto que todo lo habitual parece a la vez natural e indispensable; pero se trata de una falsa ilusión, que también tiene consecuencias, pues esconde el poder que la distribución habitual del espacio doméstico ejerce sobre nuestras vidas y, al mismo tiempo, oculta el hecho de que esta organización tiene un origen y un propósito. La búsqueda de la privacidad, confort e independencia por medio de la arquitectura es bastante reciente, e incluso cuando estas palabras entraron por primera vez y fueron utilizadas en relación con los asuntos domésticos, sus significados fueron bastante diferentes de aquellos que entendemos ahora. Así pues, el presente artículo constituye un intento algo rudimentario y esquemático por dejar al descubierto sólo uno de los secretos de los que hoy resulta tan habitual.


LA PLANTA Y SUS OCUPANTES

         Si algo describe la planta es la naturaleza de las relaciones humanas, pues los elementos cuyo trazo registra –paredes, puertas, ventanas y escaleras- se emplean primero para dividir y, mas tarde, para re-unir selectivamente el espacio habitado. Pero lo que generalmente está ausente, incluso en el edificio ilustrado con el mayor detalle, es cómo ocuparán las figuras humanas dicho espacio. Este hecho puede deberse a buenas razones, pero cuando las figuras aparecen en los dibujos de arquitectura, no tienden a ser seres importantes sino emblemas, meros signos de vida como, por ejemplo, los esquemas ameboides que aparecen en las distribuciones de Parker-Morris.

         Sin embargo, si se amplia el círculo para recoger material que vaya más allá de los dibujos de arquitectura, seguramente uno podría esperar alguna concordancia entre los tópicos del planeamiento de vivencias y los modos comunes en los que la gente se coloca en relación los unos con los otros. En un principio, esto podría parecer que establece una extraña conexión pero, por más diferentes que sean –por más realistas y particulares que sean sus descripciones, pinturas y fotografías de hombres, mujeres, niños y otros animales domésticos haciendo lo que hacen, por más abstractas y diagramáticos que sean las plantas-, ambos se refieren a la misma cuestión fundamental de las relaciones humanas.

         Tomemos la representación de figuras humanas y plantas de casas de una época y de un lugar determinados, y examinémoslo juntos como el testimonio de un modo de vida, y la combinación entre el comportamiento cotidiano y la organización arquitectónica pasará a ser más lúcida. En eso consiste el sencillo método adoptado en lo que sigue y ésa es la esperanza que contiene.


LA MADONNA EN UNA HABITACIÓN

         La obra de Rafael como pintor y como arquitecto ofrece una apertura oportuna al tema, aunque sólo sea porque proporciona una clara indicación de que el ideal de la domesticidad aislada es bastante más local de lo que nos inclinaríamos a pensar. Por supuesto, esto no constituye ningún intento de revisión de toda la obra de Rafael; la intención es simplemente extraer de su arte y de su arquitectura el testimonio de un determinado temperamento hacia los demás que está implícito y que es un indicio de la época; no solo en el arte, sino en las operaciones cotidianas.

         Durante el alto Renacimiento italiano, la interacción de figuras en el espacio comenzó a dominar la pintura. Previamente, la fascinación por el cuerpo humano se había centrado en el detalle psicológico: la articulación de los miembros, el modelado de los tendones, de la carne y de los músculos y la interpretación de la gracia individual. No fue hasta el siglo XVI cuando los cuerpos se atenuaron para llenarse de gracia o se magnificaron hasta lo sublime, hasta que, más tarde, coincidieran en las poses especialmente intensas, carnales e incluso lascivas de Leonardo, Miguel Ángel, Rafael y sus discípulos. También a menudo se modificó el tema –concepto a favor de esta nueva concepción; el tratamiento de la Virgen y el Niño lo pone bien de manifiesto. Ya en el siglo XV, la postura tradicional del resto del mundo y con ambas figuras mirando fijamente a la nada- pasó a ser menos hierática a pesar de que las figuras conservaban todavía su serenidad sagrada e inalcanzable (fig.2). En el siglo XVI, ambas figuras descendieron de su pedestal para verse envueltos por grupos animados de figuras familiares que compartían su compañía, como en la Madonna dell`Impannata de Rafael (fig.3), uno de tantos retratos típicos de la “Sagrada Familia”. Estas reuniones eran producto de la imaginación artística, sin base alguna en los textos bíblicos. No obstante, se trataba de una ficción que servía para poblar un cuadro con personajes cuyas adoraciones mutuas tenían un objetivo claramente sensual a pesar de la espiritual de su origen. En la Madonna de Rafael, las figuras no están compuestas en el espacio, sino unidas entre si a pesar del espacio. Se miran atentamente unas a otras, se miran a los ojos con mirada miope y se miran a la carne; se agarran, se sujetan y se señalan entre sí los cuerpos como si su reconocimiento se basara más en el tacto que en la vista. Únicamente el niño san Juan rompe este círculo íntimo de reciprocidad al reconocer al observador. Estas figuras son más que el tema del cuadro, lo llenan. La perfección psicológica individual de cada cuerpo se pierde ahora en una red de abrazos y gestos enlazados; algo que no es totalmente nuevo en pintura, pero que entonces alcanza un clímax de destreza.



         Así, si la concordancia entre figuras y plantas tiene que buscarse en algún lugar, bien podría buscarse aquí, en un cuadro donde las relaciones personales se han traducido en un principio compositivo que trasciende el tema-concepto y donde las solicitaciones entre santos y mortales nos parecen exageradas o, más bien, lo harían si pensáramos en ellas como ejemplos verosímiles de conducta.





         En 1518 o 1519, el cardenal Giuliano de Médicis encargó un ambicioso proyecto para una villa situada en las laderas del monte Mario, en Roma. Sólo se terminó parte de este inmenso plan que posteriormente se llamaría Villa Madama. La supervisión de la obra corrió a cargo de Antonio de Sangallo, pero indudablemente la villa fue concebida por Rafael. Aquí pues, se trataba de un entorno suntuoso para la vida cotidiana producido por un artista que había ayudado a profanar a la Virgen en sus cuadros. Una elaborada reconstrucción de la villa, publicada por Percier y Fontaine en 1809, resaltaba las simetrías axiales, convirtiendo todo el complejo en una única mole edificada clavada en la ladera, ajustando la distribución de habitaciones para que encajara en la idea establecida entonces de rigurosa conformidad clásica (fig.4). ¿Cómo sino podría haberlo proyectado Rafael?2 Sin embargo, la parte que en realidad se construyó y la planta más antigua que se ha conservado (fig.5)3 nos muestran algo bastante diferente.




         La simetría global habría creado repeticiones, donde cada habitación y cada situación tendría su equivalente simétrico en otro lado del edificio, algo que no ocurre nunca en la primera planta. Aunque la mayor parte de los espacios interiores de la villa estaban simétricamente compuestos, no se duplicaban y cada habitación era diferente. La uniformidad se limitaba a partes donde pudiera percibirse inmediatamente; el edificio en su conjunto era variado. 4 Sin embargo, a pesar de este esfuerzo por crear singularidad del lugar, resulta muy difícil decir a partir de la planta qué partes estaban cerradas y cuales abiertas, pues la relación entre los espacios es muy parecida en todas partes. Todas las cámaras, logias patios y jardines están inscritos entre muros –como si fueran grandes salas-, que se van encajando hasta llenar el emplazamiento. El edificio parece haber sido concebido como una acumulación de recintos, siendo los espacios que lo componen más regulares que el modelo general. Este hecho no podía provenir del último Rafael clásico ideado por los académicos del siglo XVIII y alimentado por los románticos del siglo XIX.

         La reconstrucción rectificada de Percier y Fontaine, con su espacio asimétrico contenido en un envoltorio simétrico, ilustra el momento en el que el Rafael original dejó de tener verdadero sentido; el momento en que la estructura latente del espacio habitado rompe los límites del planeamiento clásico en su arquitectura. Este hecho también tuvo un paralelismo en su pintura: el momento en que la carnalidad traslucía la insustancial señalización de gestos en sus composiciones de figuras. 


   



PUERTAS

Considerando la planta de la Villa Madama como un panorama de relaciones sociales, se hacen patentes dos características organizativas. Aunque figuren entre las cosas que hoy no haríamos nunca, éstas son un testimonio de crucial importancia del entorno social que se debía mantener en la villa.

         En primer lugar, las habitaciones tienen mas de una puerta –algunas tienen dos, muchas tres y otras cuatro puertas-, un rasgo que desde los inicios del silgo XIX, se ha venido considerando como un defecto en los edificios domésticos, cualquiera que sea su tipo o tamaño. ¿Por qué? La respuesta la ha dado Robert Kerr in extenso. En una advertencia característica suya, Kerr recordaba a los lectores de The Gentlenman`s House (1864) la absoluta incomodidad de las “habitaciones de paso” que hacen imposible que la domesticidad y el retiro se consigan. La alternativa favorable era la habitación terminal con una única puerta colocada estratégicamente que daba al resto de la casa.

         Sin embargo, los teóricos italianos habían aconsejado justamente lo contrario y, siguiendo antiguos precedentes, pensaban que era preferible más puertas en una habitación que menos. Alberti, por ejemplo, tras llamar la atención sobre la gran variedad y número de puertas de los edificios romanos, dijo: “Conviene poner allí las puertas desde donde hacia cualesquiera partes del edificio se le dé más cómoda entrada que pueda ser”. 5 Esto se recomendaba especialmente para edificios públicos, pero también se aplicaba es distribuciones domésticas. Generalmente significaba que había una puerta allí donde hubiera una habitación contigua, haciendo que la casa fuera una matriz de cámaras separadas pero minuciosamente interconectadas. La planta de la Villa Madama de Rafael ejemplifica esto, aunque, de hecho, no era más que una práctica común en aquella época. (fig.6).

         De este modo entre los italianos y Kerr había una inversión total de una simple idea de comodidad. En la Italia del siglo XVI, una habitación cómoda tenía muchas puertas; en la Inglaterra del siglo XIX tenían sólo una. El cambio era importante, no solamente porque hacía necesaria una reorganización de toda la casa, sino también porque reestructuraba radicalmente el modelo de vida doméstica.

         Junto a la restricción de puertas, se produjo otra técnica que apuntaba a minimizar la inevitable relación entre los diferentes miembros de una casa: la aplicación sistemática de accesos independientes. Como en prácticamente toda la arquitectura doméstica anterior a 1650, en la Villa Madama no hay una distinción cualitativa entre el recorrido a través de la casa y sus espacios habitados. La entrada principal se encuentra en el extremo sur de la villa. Un tramo semicircular de escaleras conduce desde un muro almenado hasta un antepatio. Subiendo otro tramo de escaleras, llegamos a una columnata y, a través de un pasillo abovedado, llegamos al patio central circular; hasta aquí, una secuencia obligada a través de cinco espacios como prolegómeno de las áreas más específicas e íntimas de la casa. Sin embargo, a partir del patio circular, existen diez caminos diferentes hacia las dependencias de la villa, sin que ninguno de ellos tenga una preponderancia espacial. Cinco arrancan directamente del patio o de sus anexos, tres atraviesan la magnífica logia con el jardín tapiado de detrás y dos traviesan el belvedere. Una vez dentro, para atravesar el edificio es necesario pasar a través de una habitación a la siguiente y después a la siguiente. Allí donde se utilizan los inevitables pasillos y escaleras, casi siempre comunican sólo un espacio con otro y nunca sirven como distribuidores generales de movimiento. Así, a pesar de la precisa contención arquitectónica fruto de la suma de habitación tras habitación, la villa era, en términos de ocupación, una planta abierta relativamente permeable a los numerosos miembros de la casa 6 –hombres, mujeres, niños, sirvientes y visitantes-, que se veían obligados todos ellos a atravesar una matriz de habitaciones comunicantes donde tenían lugar los asuntos diarios de la vida. Era inevitable que los recorridos se entrecruzaran durante el transcurso del día, y que cada actividad fuera propensa a entrecruzarse a no ser que se tomaran medidas definitivas para evitarlo. Al igual que con la multiplicación de puertas, no había nada fuera de lo normal en este hecho; era la regla en los palacios, villas y granjas italianas, una forma tradicional de comunicar habitaciones que apenas afectaba al estilo de la arquitectura (bien podía ser gótica o popular), pero que, sin duda, afectaba al estilo de vida.

         A partir de las descripciones de acontecimientos contemporáneos de los escritores italianos, se pone claramente de manifiesto el gran número de gente que se congregaba para pasar el tiempo, mirar, discutir, trabajar o comer, y la relativa frecuencia con la que se sucedían episodios narrables entre ellos. En un extremo del abanico de estilos, Baldassare Castiglione, un amigo de Rafael, recogió en El cortesano cuatro conversaciones nocturnas consecutivas que supuestamente tuvieron lugar en marzo de 1507 en el Palacio Ducal de Urbino (edificio que constituye un ejemplo del planeamiento marcial descrito anteriormente). En las conversaciones participaron diecinueve hombres y cuatro mujeres y, al parecer cada día había reuniones parecidas después de la cena. 7 No cabe duda de que e El cortesano constituía un informe depurado, elaborado y sentimental de acontecimientos reales, y la descripción del grupo como un recurso natural para pasar el tiempo está en perfecta consonancia con otras fuentes. Se sabe que, por entonces, la mayoría de los personajes eran huéspedes de palacio.

         El extremo opuesto del espectro fue descrito por Benvebnuto Cellini (1500-1571) en su autobiografía. Las criaturas apasionadas, violentas y desaforadas de esta obra apenas se asemejan a aquellos conversadores refinados e ingeniosos de Castiglione: el contraste es tan vivido que bien podrían confundirse como especies diferentes. Sin embargo, Cellini, al igual que Castiglione, necesitaban de un flujo activo de personajes sobre los que imprimir su propio yo sin restricciones. En ambos casos, la compañía era la condición habitual y la soledad el estado excepcional.

         Hay otra contundente similitud que, en principio, parece contradecir las líneas generales de este artículo: ninguno de los escritores describía nunca un lugar. En El cortesano unas pocas frases hiperbólicas bastan para ensalzar el Palacio Ducal de Urbino, una de las grandes obras de la arquitectura italiana del Renacimiento, y no se dice ni una sola palabra, desde el inicio al fin del libro, ni directa ni indirectamente, sobre el aspecto, mobiliario, forma o distribución de las dependencias que sirven de decorado. Este hecho es de lo más extraño pues, en el preámbulo, Castiglioni se compara con un pintor de una escena. La autobiografía de Cellini también está repleta de relaciones en enemistad, amor ambición y explotación que llenan todo el espacio del libro. Sitúa los acontecimientos diciendo el lugar donde ocurrieron, pero estas indicaciones funcionan como referencias de un mapa mental. No se menciona paisaje natural o urbano, ni siquiera superficialmente. Del mismo modo están ausentes la topografía, la arquitectura o el mobiliario, y ni siquiera aparecen como telón de fondo de las intrigas, conspiraciones, triunfos y catástrofes que recita. Éstas son las referencias más explicitas a la arquitectura aparte de su reclusión solitaria en el Castillo de Sant`Angelo en Roma. La primera es una narración de las circunstancias que rodean un robo:

         Por entonces tenía yo sólo veintinueve años; una buena edad que me permitía tener una criadita guapísima (…). Por ese motivo, mi habitación estaba apartada de las de los obreros y muy al fondo de la trastienda. Comunicaba con el cuchitril donde dormía la criadita, porque me la jodía a menudo. Siempre he sido hombre de sueño ligerísimo (…). Y así pudo ocurrir que una noche entrara un ladrón en mi taller.


         La segunda es un intento de urdir una reconciliación con un cliente mientras Cellini estaba postrado en la cama:

         Me hice llevar a la terracita que hay en el palacio de los Médicis. Y allí me sentaron en espera de que acertase a pesar la duca. Se acercaron a hablarme muchos de los viejos amigos que yo tenía en la cort.

La tercera describe un enfrentamiento con un potencial asesino:

         Salí de casa apresuradamente, muy bien armado como acostumbraba por aquellos días, y cogí a calle Iluia, pensando que aquellas horas no encontraría a nadie. Al llegar arriba de la calle, para torcer hacia el palacio Farnese, doblé la esquina siguiendo mi viejo método, es decir: tomándola muy amplia. Y esto me permitió descubrir a mi corso levantarse de un portal y situarse en medio de la calle. 8


         Rara vez la arquitectura se adentraba en el relato y, cuando lo hace, lo hace sólo como un rasgo incorporado a alguna desventura o encontronazo. La autobiografía de Cellini y El cortesano tienen en común una asimilación total de las dinámicas del trato social humano hasta el punto de excluir todo lo demás; por ello resulta tan difícil de discernir su escenario físico.
        
         En la pintura puede observarse la misma preponderancia de la figura sobre el fondo, el mismo abrumamiento de los objetos por medio de la animación. Las figuras de la Madonna dell Impannata ocupan una habitación pero, exceptuando la ventana de la esquina derecha del fondo del cuadro, no existe indicación alguna de cómo es la habitación. La forma de la habitación no parece afectar a la distribución o interrelación de las figuras. Este hecho es aplicable también en el fresco más arquitectónico de Rafael, La Escuela de Atenas, en el que otorga la misma minuciosa atención a la logia abovedada que a la multitud de filósofos que la ocupan (fig.7). Aquí, el efecto del edificio (en una disposición que bien hubiera servido de inspiración a la logia de Villa Madama) es, si es que tiene algún efecto, concentrar la asamblea, pero, en la forma de la sociedad. Sólo las figuras secundarias y ensimismadas hacen uso del edificio para apoyar sus cuerpos, bien sea sobre los escalones, sobre el extraño bloque de mármol o sobre las basas de las pilastras.



         
Todo esto acrecienta una dificultad inesperada: no es fácil explicar cómo, cuando los italianos estaban enfrascados en asuntos humanos, desarrollaron una arquitectura refinada y elaborada de la que apenas tuvieron tiempo de darse cuenta u que parecía situarse fuera de la órbita de la vida social. Quizá esto sea una exageración, pero la paradoja sigue estando ahí. El maravilloso modelo y la exquisita decoración de la logia de la Villa Madama (fig.8) basada en la Domus Aurea de Nerón (Roma) y el trabajo conjunto de Rafael, Giulio Romano y Giovani da Udine 9 no puede explicare por el impulso por impresionar o exclusivamente en términos iconográficos. Estos últimos deben haber tenido su papel, pero esa sensibilidad hacia la forma no surge a partir del estatus o del simbolismo, como agua que sale del grifo. Sin embargo, pudiera ser que la naturaleza casual y accesoria de la arquitectura fuera precisamente la que la llevó a convertirse en algo visualmente tan rico. De entre todos los sentidos, la vista es el más apropiado para aquello que está en el límite de la experiencia; esto es justamente lo que proporciona una habitación, especialmente si es grande: un límite a la percepción. El resto de sentidos reinan en los recintos inmediatos del cuerpo.



         A pesar de que a duras penas proporcionan una prueba, los ejemplos ofrecidos hasta ahora sirven para indicar que la afición por compañías, proximidades y sucesos en la Italia del siglo XVI concuerdan bastante con el formato de los planos de arquitectura. Quizá sea demasiado fácil para los historiadores de la arquitectura doméstica mirar atrás y ver en la matriz de habitaciones comunicantes un estadio primitivo del planeamiento que pedía una evolución hacia algo más diferenciado, dado que se hicieron pocos intentos por disponer las partes del edificio en conjuntos funcionalmente independientes o por diferenciar entre “servidor” y “servido”. Pero esto no significaba una ausencia de principio: la conectividad era idéntica en todos los tamaños, formas y circunstancias diferentes de las habitaciones de la Villa Madama. No es casualidad que esto ocurriera; también era un principio. Quizá la razón por la que los teóricos no lo pusieron de relieve fue simplemente porque nunca se puso en tela de juicio.


PASILLOS

         La historia del pasillo como dispositivo para eliminar el tránsito a través de las habitaciones todavía está por escribir. A partir de las pequeñas pruebas que he sido capaz de recoger, el pasillo hizo su primera aparición en Inglaterra en la Beaufort House, en Chelsa, proyectada por John Torpe alrededor de 1597.10 A pesar de que, evidentemente, se trata de una curiosidad, comenzaba a reconocerse su fuerza pues en la planta había escrita la frase: “Una gran entrada a través de todo”. A medida que la arquitectura italianizante se iba instaurando en Inglaterra, también lo hizo, de una manera bastante irónica, el pasillo central, mientras, simultáneamente, las escaleras empezaron a pegarse a los pasillos y ya no acababan en las habitaciones.

         Después de 1630, estos cambios de distribución interna pasaron a ponerse muy de manifiesto en las casas construidas para los ricos. Halls de entrada, una gran escalera abierta, pasillos y escaleras traseras se fundían para formar una red penetrante de espacio de circulación que llegaba a todas las habitaciones principales de la casa. La aplicación más minuciosa de esta distribución novedosa se realizó en Coleshill, en Berkshire (hacia 1650-1667), construida por sir Robert Pratt para su primo (fig.9), donde los pasillos se abrían atravesando toda la longitud del edificio en cada una de las plantas, en cuyos extremos se ubicaban escaleras traseras. En el centro del edificio se encontraba una gran escalera en un hall de entrada a doble altura que, a pesar de su tratamiento solemne, no era realmente más que un vestíbulo, puesto que los habitantes vivían al otro lado de muros.

         Cada habitación tenía una puerta que daba al pasillo o hacia el hall. En su libro de arquitectra, sir Roger Pratt sostenía que el “recorrido común central en toda la longitud de la casa” era para evitar “los locales (esto es, los lavaderos) que se molestaban entre sí por el paso continuo a su través” y para asegurar que en el resto de la casa “los sirvientes nunca puedan aparecer públicamente cruzando de un lado para otro en sus quehaceres”. 11        

         Según Pratt, el pasillo era para los sirvientes, para mantenerlos alejados del recorrido del resto, y, más importante aún, del recorrido de los caballeros y de las damas. Este inconveniente no era nada nuevo; la novedad consistía en el uso consciente de la arquitectura para que se desvaneciera; una medida que, en parte, venía del antagonismo entre ricos y pobres en tiempos turbulentos, pero también era un presagio de aquello que haría que la vida doméstica fuera apacible en los años venideros.

         En lo que se refiere a las estancias principales, deberían enfilarse en perspectivas de puertas tan largas como fuera posible. Por tanto, el pasillo no era por entonces un medio exclusivo de acceso, sino que también se colocaba paralelo a las habitaciones comunicantes. Aun así, el pasillo de Coleshill predominaba hasta el punto de convertirse en un recorrido necesario para atravesar una gran parte de la casa. Una planta más elegante que equilibra ambos tipos de circulación era la de Amerbury House, en Wiltshire, obra de John Webb (fig.10), donde el pasillo central daba servicio a toda la casa, mientras que todas las habitaciones eran también comunicantes, al menos las de la planta principal. A partir de estas plantas, puede verse cómo la introducción del pasillo transversal en una arquitectura doméstica inscribía, por primera vez, una profunda división entre los rangos superiores e inferiores de la sociedad, al mantener el acceso secuencial directo para el círculo familiar privilegiado, mientras relegaba a los sirvientes e un territorio de la casa propiamente dicha; donde siempre se encontraban a mano, pero nunca presentes a no ser que se los necesitara.







         Sus efectos eran incluso más omnipresentes de lo cabría suponer. La solución arquitectónica al problema de los sirvientes (a saber, el problema de su presencia como parte de su trabajo) tuvo mayor repercusión. En el caso de Pratt puede detectarse una cautela similar en todo aquello que se refiere a la “interferencia”, como si, desde el punto de vista del arquitecto, todos los ocupantes de una casa, fuera cual fuera su posición social, no hubieran pasado a ser más que una fuente potencial de irritación de unos para con los otros. Es cierto que Pratt hizo el magnánimo ademán de colocar puertas entre algunas de las habitaciones de Coleshill, como ya se ha dicho con anterioridad, pero, en aquella ocasión, lo hizo explícitamente para conseguir el efecto visual de una perspectiva que se iba perdiendo de vista a través de todas la casa:

         En lo que se refiere a las puertas más pequeñas del interior, dejadlas que caigan en línea recta una contra la otra, de una habitación a otra, de modo que, si todas están abiertas, uno pueda ver desde un extremo a otro de la casa; a lo que cabe añadir que, si las ventanas se ubican en los extremos, la vista del conjunto será siempre placentera. 12


         Por lo tanto, la integración del espacio doméstico se hacía ahora por el bien de la belleza y su separación por el bien de la comodidad; una contraposición que, desde entonces, ha pasado a estar grabada profundamente en la teoría creando dos niveles de juicio bien diferenciados para dos realidades bastante separadas: por un lado, una extensa concatenación de espacio para embellecer la vista (que, según los escritores contemporáneos, es el sentido mas engañoso) y, por otro, una contención cuidadosa y una compartimentación individual donde poder proteger al yo del resto.

         La escisión entre una arquitectura para mirar a su través y una para esconder establece una distancia insalvable que divide la mercancía del placer, la utilidad de la belleza y la función de la forma. Por supuesto, puede establecerse también fácilmente la distinción en la obra de Rafael entre esos aspectos de la arquitectura que afectan al trato social cotidiano y aquellos que tienen que ver exclusivamente con la forma visual. Lo que es muy diferente es que, en su obra, generalmente estaban de acuerdo unos con otros, mientras que en Coleshill empiezan a tirar en direcciones bastante contrarias.

         Todavía no está del todo claro el porqué de la presencia de la innovación del acceso independiente. Desde luego, indica un cambio de atmósfera en lo que se refiere al deseo a exponerse a la compañía; que sea una exposición ante todos aquellos que habitan la casa, o que sólo se haga ante algunos de ellos, es una cuestión de énfasis en este momento. Su aplicación repentina y decidida al planeamiento doméstico muestra que, como suele afirmarse, no apareció cuando menos se lo esperaba.

         Eran años en los que los puritanos hablaban del “blindaje” del yo contra el malvado. Por supuesto, ellos se refrían a un blindaje espiritual, pero había blindajes de otro tipo, ya fueran del cuerpo o del alma: la habitación convertida en armario. La historia de Cotton Mather, un puritano de Nueva Inglaterra, nos da una idea de lo difícil que es distinguir la moralidad de la sensibilidad en este embargo voluntario.

         Se dice que Mather hizo de “nunca entablar una relación… sin esforzarse en serle útil” una norma, dejando caer, a medida que surgían oportunidades, insinuaciones instructivas, advertencias y réprobos. Más tarde fue descrito como un modelo doméstico, “haciendo todo el bien que estuviera en su poder a sus hermanos, hermanas y sirvientes”. Pero, para hacer tanto bien, creyó que lo mejor era evitar hacer o recibir cualquier visita innecesaria o “impertinente”. Para evitar intromisiones inútiles, escribió con letras grandes estas palabras admonitorias en la puerta de su habitación: “SEA BREVE”. 13    

         La división de la casa en dos esferas –un santuario interior de espacios habitados, y a veces inconexos, y un espacio sin ocupar de circulación – actuaba del mismo modo que el letrero de Mather, haciendo difícil justificar la entrada a cualquier habitación donde no se tuviera que atender ningún asunto concreto. Con este hecho apareció una definición evidentemente moderna de la privacidad, no como respuesta al eterno problema de la “comodidad”, sino, muy probablemente, como una vía para fomentar una psicología incipiente en la que, por primera vez, el yo sentía que no sólo corría peligro ante la presencia de otros, sino que realimente resultaba desfigurado por ellos.

         En la literatura del siglo XVI había una típica analogía que comparaba el alma de un hombre con una cámara privada, 14 pero en la actualidad se hace difícil decir qué pasó a ser más privado primero, la habitación o el alma. Desde luego, sus historias se entrelazan.

         No obstante, la lógica de la contención no fue abordada con ningún rigor durante el siglo XVIII. Las grandes casas tendieron a seguir el modelo de Amesbury, intentando conciliar el acceso independiente con la interconectividad al facilitar ambos, aunque muy rara vez metódicamente. Sólo con el enfoque del siglo XIX se produjo una vuelta atrás hacia una mayor sistematización del acceso, que se observa, por ejemplo en las plantas de sir John Soane y John Nash. En este sentido, quizá la obra de Soane, más que la de cualquier otro arquitecto, se encuentra en lo límites de la modernidad.

         Al igual que Pratt, Soane ideó vistas desde sus interiores, sólo que no se contentaban con alinear las puertas. También estratificaba unos espacios sobre otros, de manera que el ojo ya no se veía obligado a retroceder los pórticos telescópicamente, pudiendo así deambular a lo ancho, alto y a través de un lugar a otro. Para ser más exactos, éste era el efecto arquitectónico que fue capaz de lograr en su casa en Lincoln`s Inn Fields en Londres. En las casas que construyó para otros, las ansias de prolongación se mantenían a menudo bajo control por creer de igual manera que, por razones de uso diario, todas las habitaciones deberían estar lo suficientemente cerradas como para ser independientes entre sí. A medida que la habitación se iba cerrando, la estética del espacio se desplegaba, como si la extensa libertad del ojo constituyera un consuelo para la más estrecha reclusión del cuerpo y alma; un modo de compensación que tomaría confianza y se pronunciarían en la arquitectura del siglo XX. Así pues, cuando se daban las características vistas de Soane, lo hacían con mayor frecuencia en el espacio de circulación o fuera de las ventanas, y no en el espacio ocupado. Como en el caso de Coleshill, generalmente las partes más estudiadas e impresionantes eran las escaleras, los descansillos, las entresalas y los vestíbulos, espacios que no albergaban más que el recorrido de un lugar a otro, junto con los emblemas de ocupación en forma de estatuaria o pintura.

         Medio siglo más tarde, cuando Robert Kerr informaba a sus lectores de los peligros de las habitaciones de paso, la cuestión de había resuelto de una vez por todas: el pasillo y el requisito universal de privacidad se establecieron firmemente y los principios de planeamiento pudieron progresar más o menos del mismo modo para todas las viviendas y en todo tipo de circunstancias: casas grandes, pequeñas, dependencias de servicio, aposentos familiares, habitaciones para negocios y para el ocio. Este criterio fue casual respecto a la distinción clave entre recorrido y destino que, de ahí en adelante, prevalecerían en la planificación doméstica (fig.11). Kerr trazó unos diagramas que reducían las plantas de las casas a estas dos categorías de trayectoria y posición, proponiendo que su disposición adecuada era substrato sobre el que debía erigirse tanto la arquitectura como la domesticidad (fig. 12).

         A primera vista, parecía que existe poca diferencia entre las reclamaciones hechas por Alberti, quien apreciaba mucho más la privacidad que los teóricos del siglo XVI, y aquellas que aparecen en el libro de Robert Kerr sobre los inconvenientes de la vida diaria. Ambos condenaban la mixtura entre los sirvientes y la familia, el jaleo de los niños y la cháchara de las mujeres.

         La verdadera diferencia era el modo de cómo se utilizaba la arquitectura para reducir estas molestias. Para Alberti, la cuestión consistía en disponer la proximidad de una matriz de habitaciones. El recurso de colocar una puerta pesada con cerrojo, o de ubicar a los miembros más tediosos y ofensivos de la casa a la mayor distancia posible la sirvió para sus propósitos concebidos como ajustes secundarios para aportar armonía, más que para silenciar, a la cacofonía de la vida hogareña. Por su parte, Kerr movilizó la arquitectura en su totalidad contra la posibilidad del alboroto  y distracción llegando a cargar con un abanico de tácticas que incluían el meticuloso planeamiento y amueblamiento de cada parte de edificio bajo una estrategia general de compartimentación, por un lado, emparejado con una accesibilidad universal, por el otro.

         Por extraño que parezca, la accesibilidad universal fue complemento tan necesario para la privacidad como lo era la habitación con una única puerta. Un edificio compartimentado tenía que organizarse por el movimiento que se producia a su través porque éste era lo único que quedaba que podía darle alguna coherencia. Si no fuera por los recorridos que marcan el guión entre la salida y la llegada, las cosas podrían haberse desmoronado sin relación alguna. La situación hubiera sido bastante distinta con habitaciones comunicantes, donde el movimiento a través del espacio arquitectónico se producía por filtración más que por canalización, lo que significaba que, aunque se pudiera insistir mucho en el pasaje secuencial de un lugar a otro, el movimiento no era necesariamente generador de la forma. Si consideramos la diferencia en términos de composición, podría decirse que, con la matriz de habitaciones comunicantes, los espacios tenderían a definirse y unirse secuencial como las piezas de un guateado, mientras que con las plantas compartimentadas las conexiones se tenderían como una estructura básica a la que se podían adjuntar los espacios, como manzanas a un árbol.15    








         En consecuencia, en el siglo XIX, los “pasos” podían considerarse como la espina dorsal de una planta, no sólo porque los pasillos parecían espinas, sino porque diferenciaban funciones uniéndolas mediante un distribuidor aparte, de un modo muy similar a como la columna vertebral estructura el cuerpo: “La relación de las habitaciones entre sí constituye la relación entre sus puertas, el único propósito de los pasos es llevar estas puertas hacia un sistema apropiado de comunicación” 16

         Esta anatomía avanzada hizo posible superar las restricciones de contigüidad y ubicación. Ya no era necesario atravesar seriadamente el inextricable territorio ocupado de las habitaciones, con todos los desvíos, incidentes y accidentes que podía conllevar. En su lugar, la puerta de cualquier habitación llevaría a una red de recorridos desde la cual tendrían casi la misma accesibilidad la habitación de al lado y el extremos más alejado de la casa. Dicho de otro modo, estos pasos serían capaces de acercar habitaciones alejadas, pero únicamente desconectando aquellas que quedan a mano. Y en todo esto hay otra flagrante paradoja; al facilitar la comunicación, el pasillo redujo el contacto, lo que significó que se facilitara esta comunicación resuelta o necesaria, mientras se redujo la comunicación fortuita y, para bien, el contacto, conforme a las luces de la razón y los dictados de la moral, era fortuito y distraído y, pera mal, corrompía y era maligno.

         Desde mediados del siglo XIX no ha habido grandes cambios en la planificación doméstica; sólo énfasis, modificaciones y nuevos planteamientos, al menos hasta hace muy poco. Ni los medievalistas victorianos radicales ni los moderados llevaron a cabo ningún intento perceptible para retroceder o avanzar a partir de las convenciones escritas por ambas partes sobre las grandes mejoras de la vida cotidiana que tendrían lugar tanto a partir del rechazo total de la producción industrial como de su absoluta aceptación. No importaba mucho si se trataba de rechazo o aceptación, pues los medievales y los modernos compartían la convicción de que la liberación radicaba en cómo estaba construida la casa. Por tanto, el aspecto social de la arquitectura, que afloró por primera vez como un rasgo esencial de la teoría y de la crítica, se preocupaba más por la invención de edificios que por sus ocupantes.
         Y así, al considerar la casa, en primer y más importante lugar, como artículo de producción, se creó el marco para la llegada de la “vivienda” en el sentido actual del término (como recientemente se ha señalado, la vivienda es una actividad, no un lugar *). 17 El énfasis se desplazó de la naturaleza del lugar a los procedimientos de su ensamblaje. No obstante, bajo uno u otro programa de reconstrucción, revolucionario o profesional, la casa en sí continuó sin alteraciones esenciales. Este hecho se ha tendido a pasar por alto debido al innegable dinamismo del movimiento moderno y de la cruzada de utopismo del movimiento Arts and Crafts.

         La Red House de William Morris y Philip Webb en Bexley Heath es la pieza clave en el restablecimiento de la artesanía. La casa se inició en 1859, no mucho después de que Morris hubiera acabado su única pintura al óleo La bella Isolda (fig.13). En ambas obras, el verdadero tema era Jane, la nueva esposa de Morris. Isolda era su retrato y la Red House iba a ser su escenario, un proyecto totalmente romántico en el que Morris buscaba una autenticidad medieval para sustituir las farsas estiísticas del gótico y del isabelino contemporáneos. Sin embargo, su dedicación a prácticas pasadas sólo llegó hasta este punto. La moralidad de la artesanía y de la belleza podían transformar los procedimientos de la construcción y el aspecto de la obra acabada, pero el medievalismo no se propagaba a la planta que era categóricamente victoriana y totalmente diferente a cualquier cosa construida en los siglos XIV o XV (fig.14). De hecho, la Red House ilustra mejor los principios establecidos por el burgués Robert Kerr de lo que lo hacen sus propias plantas: las habitaciones nunca están interconectadas, nunca tienen más de una puerta y el espacio de circulación está unificado y definido.

         Así que, a pesar de que a Morris se le considerará un bohemio, un radical que llevaba una vida poco ortodoxa, que destacaba los estándares burgueses, la planta de la Red House era totalmente contemporánea y convencional: sus excentricidades radicaban en otra parte.

         No es que Morris rechazara reivindicar el medievalismo hasta el punto de cambiar las vidas de los hombres, Incluso en aquella primera época, la idea estaba en el núcleo de su obra. Sin embargo, lo que vislumbraba no era tanto un cambio como una transfiguración: llevar a cabo las idealizaciones literarias medievales más que una recreación de las condiciones de vida medievales. Se trataba de idealizaciones de una espiritualidad extrema, con lo que tampoco sorprende en absoluto que se hayan sustraído los aspectos más carnales del medievalismo, tal como las habitaciones comunicantes. Cuando, más tarde, Morris se mudó a una auténtica casa medieval en Kelmescott, aceptó tales cosas como una muestra de bravuconería:

            La primera planta (…) tenía la peculiaridad de no tener pasillos, de modo que tenía que ir de una habitación a otra para la confusión de algunas de nuestras visitas ocasionales, para quienes una cama de un salón significa un espantosa falta de decoro. Haciendo frente a este terror, debemos atravesar… 18








         Pero, a pesar de que podía haber sido una buena prueba de sus escrúpulos, Morris no le encontró ningún elogio más a la casa.

         En su poesía y pintura se hicieron expurgaciones similares. En La bella Isolda, como en buena parte del arte victoriano, el cuerpo se trataba como un signo ocupante invisible. Ataviada de heroína legendaria, Jane se convirtió en una efigie lánguida de espíritu exaltado que irradiaba ese peculiar encanto prerrafaelita en su expresión apática y distraída y en su postura aletargada. El alma podía desbordarse con una energía febril, pero el cuerpo se había abandonado a la lasitud. Todo es emblemático en el cuadro, que se parece más a un bodegón que a la ilustración de un acontecimiento. Como en la Madonna de Rafael, la habitación se hace apenas descifrable, pero en este caso por razones bastante diferentes. El espacio no ha sido eclipsado por una maraña de figuras. En el cuadro de Morris, el mobiliario, los accesorios, las telas, los adornos y el resto de objetos estorban, pero no las figuras; también están allí como emanaciones de una psique exquisita, simbolizando una vida pero comprometerse con ella de ninguna manera. En ausencia de la heroína, este despliegue de objetos cuidadosamente embellecidos la representarían bastante bien. En cualquier caso, su aislamiento físico del resto era completo y estos objetos le servían de representación.

         Morris creía que el gran pecado de la Edad Media fue la violencia a pesar de que el arte había abundado, mientras que el gran pecado del siglo XIX era, simple y llanamente, la ignorancia. La Red House contenía tanto arte como las condiciones de una vida pacífica. La pena fue que su combinación pudo magnificar únicamente el valor de los objetos y reducir la carnalidad, hasta el punto de que el cuerpo aparecía como poco menos que una tosca sombra del espíritu.

         El repliegue del cuerpo fue generalizado y tomó varias formas. El propio Morris era una persona enormemente física: amaba la compañía, odiaba a los puritanos, descorría las cortinas, tiraba la comida intragable por la ventana, daba golpes a los muebles, rompía sillas, estrellaba su cabeza contra las paredes, gritaba, maldecía y lloraba ante la consternación de sus contemporáneos más comedidos. 19 No obstante, trabajó –y con mucho convencimiento- dentro de las sensibilidades dominantes del decoro, la pasividad y la privacidad. Aquellos otros que no profesaron un gran amor por la domesticidad del siglo XIX también se vieron atrapados en ella. Este hecho es válido para Samuel Butler, quien en su libro El destino de la carne se propuso revelar la farsa de la vida familiar. Lo hizo como si estuviera diseccionando un cadáver que se iba haciendo más y más repugnante a medida que el cuchillo iba cortando más profundamente. El siguiente pasaje describe las intimidades de una madre y su hijo en un sofá:
             

         La primera “Mi querido mucho”, comenzó su madre, cogiéndole la mano y poniendola entre las suyas, “prométeme que nunca nos vas a temer ni a tu padre ni a mí; prométemelo, querido mío, por lo que más quieras, prométemelo”. Y se puso a besarlo de nuevo una y otra vez y a acariciarle el pelo con una mano, mientras con la otra seguía apretándole la suya. Ya lo tenía e iba a retenerlo allí (…). El niño se estremeció al oír esto. De pronto se sintió profundamente ofuscado e incómodo (…). Su madre notó cómo se estremecía, y se complació del golpe que le había propinado. Si se hubiera sentido menos segura de su triunfo final, quizá habría sido mejor privarse de tocar los ojos del caracol –por así decirlo- para complacerse en ver cómo los ocultaba. Sin embargo, sabía perfectamente que, una vez atrapado en el sofá y con la mano cogida, tenía el enemigo enteramente a su disposición, y podía hacer con él todo lo que quisiera. 20


         Lo que hay que observar es que, al tocar carne contra carne, estaba teniendo lugar un sutil tipo de tortura. El anhelo de sensación se ha vuelto contra sí mismo facilitando un método refinado para la asfixia de los espíritus libres. Pero tales avances inescrupulosos y empalagosos contra la libertad, la individualidad y la integridad no encontraron su lugar en el discurrir general de la imaginería doméstica del siglo XIX, en los que destacaban la pasividad, el decoro y la cortesía, como incluso se hacía en la caricatura sin ningún encanto de Butler de su propia familia, tan rígida que hasta daba miedo. La bochornosa explotación en el sofá era una acción de retaguardia que luchaba por conversar las condiciones de una normalidad mucho menos efusiva. Las alternativas consistían en, o bien admitir estas profanaciones del cuerpo como una manipulación necesaria y esporádica de sensualidad, o eliminar totalmente la pasión de las relaciones humanas. De cualquiera de las dos maneras, el cuerpo tendría que considerarse como la víctima fácil de un subterfugio emocional simplista.
          
        
         No es de extrañar que a los apóstoles de la modernidad, quienes expresaron también una insondable aversión por la sofocante opresión de la vida familiar del siglo XIX, no les quedara más que dos posibilidades. La primera consistía en disipar el calor pegajoso de las relaciones íntimas colectivizándolas; la segunda, más aplicable a la casa –como se produciría-, consistía en atomizar, individualizar y separar todavía más a cada persona. Aquí se daban dos soluciones: una política y otra privada. Ambas parecían increíblemente similares contempladas desde cierto punto de vista, de modo que fue bastante lógico que Le Corbusier, Ludwing Hilberseimer y los constructivistas utilizaran la celda privada individual como el componente básico para ciudades totalmente nuevas en las que el resto de servicios de colectivizarían. 21
        
         Después de la magnífica retórica y de las visiones utópicas, unas investigaciones más pedestres con objetivos menos exaltados continuarían en nombre de la modernidad el esfuerzo emprendido un siglo antes; sólo entonces se reprendió incluso a los victorianos por sus obscenas disposiciones domésticas. “La casa funcional para una vida sin fricción” fue proyectada en 1928 por Alexander Klein a partir de investigaciones llevadas a cabo para un organismo alemán para la vivienda. Klein comparaba su propuesta con una planta detestable, aunque típica, del siglo XIX (fig. 15). 22 Los diagramas de líneas de flujos pusieron de manifiesto la superioridad de las plantas mejoradas de Klein. En el ejemplo del siglo XIX, los “movimientos necesarios” de las personas de una habitación a otra se cruzan y se intersectan como raíles en una estación de maniobras, pero en “La casa funcional para un vida sin fricción” se definen totalmente y no se tocan en absoluto; literalmente, los recorridos nunca se cruzan. El trayecto entre la cama y el baño –por donde pisan los que están desnudos para representar los actos menos refinados del cuerpo- se trataba con cautela especial y se aislaba el resto de recorridos. La justificación de la planta de Klein era la metáfora que escondía su título, que daba a entender que todos los encuentros fortuitos causaban fricción y, por tanto, amenazaban el tranquilo funcionamiento de la máquina doméstica. También era un dispositivo delicadamente equilibrado y sensible, siempre al límite del fallo. Pero, sin embargo, por atenuada que pareciera estar esta lógica oculta actualmente en las ordenanzas, normativas, métodos de proyecto y reglas generales que dan cuenta de la producción cotidiana de la vivienda contemporánea.






         No hay mucha diferencia entre el terror por los cuerpos en colisión de Alexander Klein y la descripción de la náusea del tacto de Samuel Butler, excepto en que Butler registra la experiencia mientras Klein la define. Ni tampoco hay una gran distancia entre el acre punto de vista de Butler y la condena de toda intimidad como una forma de violencia y de toda relación como forma de esclavitud. Realmente es en esta dirección por la que se ha ido avanzando desde el siglo XIX, que encuentra la libertad siempre en la huida de la tiranía de la “sociedad”. Es justamente la palabra “esclavitud” la que utiliza el doctor Ronald David Laing para describir en términos de psiquiatría radical los nudos y las vendas que nos atan con los demás. 23 ¿Qué mejor que desatarlos? Eduard Hall utiliza el párrafo para examinar el citado párrafo de El destino y la carne desde el punto de vista de la proxémica 24  la respuesta psicológica a las intromisiones en el espacio personal, una envoltura territorial donde se nos dice que amortajemos nuestros cuerpos contra las agresiones a la intimidad. 25  ¿Qué mejor que diseñar cosas para que nunca ocurran tales violaciones? En este y en otro muchos estudios psicológicos y de comportamiento, sólo recientemente se han hecho intentos por categorizar las sensibilidades concebidas y alimentadas como si fueran leyes inmutables de una realidad incontrovertible. Pero, quizá, antes de que el “Linneo de la esclavitud humana” 26 las clasifique definitivamente, estas mismas sensibilidades se habrán sumido una vez más en el olvido, arrastrando consigo a sus homólogos en arquitectura.

         Sin embargo, aún no se han encontrado ningún camino para alterar la distribución moderna del espacio doméstico. Cierto es que hay algunos proyectos recientes muy interesante que exhiben los mismos principios, reglas y métodos que, combinados, fijan la vivienda corriente. Cierto es que existen muchos más que extrapolan los mismos principios, reglas y métodos tanto por el bien de la ironía y la parodia como con la vana esperanza de descubrir su valor primordial. Pero todos ellos tienden a presentarse como comentarios sobre la realidad, como alternativas a la convención, como investigaciones extravagantes o como huidas pasajeras de la necesaria banalidad de lo ordinario. Todavía no tenemos el valor para hacer frente a lo ordinario como tal. Sin embargo, por todo ello, el creciente número de intentos por sortearlo significa que bien podemos estar acercándonos al límite exterior, no sólo del movimiento moderno en arquitectura (puesto que difícilmente cabe duda al respecto), sino de una modernidad histórica que se retrotrae hasta la Reforma. Con un decisivo cambio de sensibilidad, entramos en esa fase de la civilización y saldremos de ella con un cambio igual de decisivo.

         Quizá esta alteración de la sensibilidad podría comenzar explicando por qué, de todos los grandes artistas del renacimiento, Rafael ha sido el menos amablemente recibido por la posteridad, distinguiéndose sólo por haber prestado su nombre a un movimiento que, tres siglos y medio después de su muerte, lo vilipendió como la fuente de la corrupción del arte. Dejando de lado a los prerrafaelistas, todavía hoy por lo general se considera que creció de espiritualidad e intelecto. El poeta soviético Vladimir Maiakovski también escogió a Rafael para una denuncia en particular: “Si encontráis a un guardia blanco, lo pegáis a la pared, pero habréis olvidado a Rafael” 26 Así lo escribió en los duros días de 1918, cuando parecía que la destrucción de las instituciones políticas represivas eran sólo el comienzo de una serie de aniquilaciones que culminarían liquidando la cultura represiva. Quizá Rafael se encontraba mejor en el olvido, pues, en realidad, hubiera sido contrario al Nuevo Espíritu recordarlo como nada más que un obstáculo en el camino hacia el progreso. Sus pinturas, con sus ricos santos cortesanos y sus vírgenes deliciosas envueltas en seda y damasco, formaban parte de una pantomima de gestos grandilocuentes y sin sentido, figuras que siempre se tocan, se sostienen y avanzan en posturas muy elaboradas. Lo que ponían de manifiesto sus composiciones, más allá de su obvio tema-concepto, no tenía ningún sentido en el siglo XIX o en la primera mitad del siglo XX. Hacían visible una atracción corpórea que acercaba a la gente por ninguna otra razón que no fuera el deseo; una inclinación que abarcaría los más violentos antagonismos y los sentimientos más delicados, aunque no arrojara ninguna luz sobre el alma privada. En estas reliquias anticuadas no se representa nada salvo el encaprichamiento por los otros, algo que, en una sociedad consagrada a la moralidad, al conocimiento y al trabajo, podría parecer únicamente un exiguo pretexto para la indulgencia. La conciencia moderna encontró sospechosa esta clase de sociabilidad, tomándosela como una excusa para la promiscuidad o un signo de degeneración, y la reemplazó por la socialización, que es algo bien distinto.

 CONCLUSIÓN

         La matriz de habitaciones comunicantes resulta apropiada para un tipo de sociedad que se alimenta de la carnalidad, que reconoce al cuerpo como la persona y en la que el gregarismo es habitual. Los rasgos de este tipo de vida pueden discernirse en la arquitectura y en la pintura de Rafael. Tal era la típica disposición del espacio doméstico en Europa hasta que fue cuestionado en el siglo XVII, y finalmente reemplazando en el siglo XIX por la planta con pasillos, una planta apropiada para una sociedad que considera de mal gusto la carnalidad, que ve el cuerpo como un recipiente de la mente y del espíritu y en la que la privacidad es habitual. Este modo de vida era tan convincente en el siglo XIX que incluso empeño la obra de aquellos que lo rehuían, como es el caso de William Morris. En este sentido, lo modernidad en sí constituyó una ampliación de las sensibilidades del siglo XIX.

         Para llegar a estas conclusiones, se han comparado las plantas de arquitectura con pinturas y varias fuentes literarias. Una vez más, queda mucho por decir sobre el hacer de la arquitectura un arte, rescatándola de la semiología y de la metodología bajo la que ha desaparecido en buena parte. Pero se ha intentado demasiado a menudo restituirla sacándola de debajo de una piedra para ponerla bajo otra, cosa que se ha hecho algunas veces de un modo bastante inocente al equiparar la arquitectura con la literatura o la pintura de manera que la primera se convierte en un eco de las palabras y de las formas. A veces se ha hecho de un modo más sofisticado, adoptando el vocabulario y los procedimientos del crítico literario o del historiador del arte y aplicándolos a la arquitectura. El resultado es el mismo: como en las novelas o en los retratos, la arquitectura se convierte en un vehículo de observación y reflexión. Sobrecargada de significado y simbolismo, su intervención en los asuntos humanos se reduce falsamente a una cuestión de practicidad.

         Pero la arquitectura es bastante diferente de la pintura o de la escritura, no sólo porque requiere de la suma de algunos ingredientes extras, tales como la utilidad o la función, sino porque abraca la realidad cotidiana y, al hacerlo, inevitablemente proporciona un formato para la vida social. En este texto he tratado de evitar los edificios como si fueran cuadros escritos. Se ha buscado un tipo de vínculo diferente: la inspección de los planos en pos de las características que pudieran facilitar las condiciones previas para el mundo en el que la gente ocupa el espacio, asumiendo que los edificios albergan lo que los cuadros ilustran y lo que las palabras describen en el campo de las relaciones  humanas. Sé que esto es una suposición general, pero es el artículo de fe alrededor del que se han envuelto estas palabras.

         Puede que éste no se el único camino para leer plantas pero, aun así, un enfoque se este cariz puede ofrecer algo más que una crónica y simbolismos al clarificar el papel instrumental de la arquitectura en la formación de los acontecimientos cotidianos. Casi no cabe decir que dar a la arquitectura esta especie de consecuencialidad no ha supuesto el restablecimiento del funcionalismo o el determinismo de comportamiento. Sería sin duda insensato sugerir que existe algo en una planta que pueda forzar a la gente a relacionarse de un modo determinado, haciendo respetar un régimen diario de sensualidad gregaria. Sin embargo, sería aún más insensato sugerir que una planta no puede impedir a la gente que se comporte de una determinada manera o, al menos, obstaculizar que así lo hagan.

         El efecto acumulativo de la arquitectura durante los últimos dos siglos ha sido algo así como una lobotomía general practicada a la sociedad en su conjunto, arrasando enormes áreas de la experiencia social. Cada vez que se emplea más como medida preventiva; un organismo para la paz, la seguridad y la segregación que, por su propia naturaleza, limpia el horizonte de la experiencia –reduciendo la transmisión de sonido, diferenciando los patrones de movimiento, suprimiendo los olores, frenando el vandalismo, reduciendo la acumulación de suciedad, impidiendo la propagación de enfermedades, ocultando las vergüenzas, encerrando la indecencia y aboliendo lo innecesario-, reduciendo deliberadamente la vida cotidiana a un teatro de sombras privado. Pero, al otro lado de esta definición, sin duda hay otro tipo de arquitectura que buscaría dar rienda suelta a las cosas que tan cuidadosamente se han enmascarado con su anti-tipo; una arquitectura que surja de la profunda fascinación que arrastra a la gente hacia los demás; una arquitectura que reconoce la pasión, la carnalidad y la sociabilidad. La matriz de habitaciones comunicantes bien podría ser un rasgo esencial de dichos edificios.

Notas:


1.- DONNISON, David Vernon, The Government of Housing, Penguin, Harmondsworth, 1967, pág. 17.
2.- Este hecho es especialmente cierto en la recontrucción de Bafile, pero tambien se aplica a la de Charles Percier y Pierre Fontaine.
3.- Planta baja dibujada por Antonio da Sangallo.
4.- NORBERG-SCHULZ, Christian, Significato dell`arquitectura occidentale, Electa, Milán 1974 (versión inglesa: Meaning in Western Architecture, Studio Vista, Londres, 1975).
5.- ALBERTI, Leon Battista, I dieci libri de l`architettura di Leon Battista de gli Alberti Fiorentino; Vicenzo Vaugris, Venecia, 1546, libro I, capítulo XII (versión castellana: Los diez libros de la arquitectura (edición facsímil de una traducción castellana de 1582), Albatros Ediciones, Valencia, 1977, pág. 29; versión inglesa: RYKERT, Joseph (ed), The Ten Books of Architecture, Alec Tiranti, 1955).
6.- David S. Chambers ha llevado a cabo un interesante estudio de la casa de un cardenal: “The Housing Problems of Cardinal Francesco Gonzaga”, en Jornal of the Warburg / Courtauld Institute, vol.39, 1976, págs. 27-58.
7.- CASTIGLIONI, Baldassare, Il cortegiano, Gabriel Giolito de`Ferrari, Vinegia, 1562 (versión castellana: El cortsano, Espasa-Calpe, Madrid, 2001; versión inglesa: The Courtier, Penguin, Harmondsworth, 1967, pág.44).
8.- CELLINI, Benvenuto, Vita di Benvenuto Cellini orefice e scultore fiorentino, da lui medesimo scritta, nella quale molte curiose particolarità si toccano appartenenti alle arti all`istoria del suo tempo, tratta da un`ottimo manoscritto, P. Martello, Nápoles, 1728 (versión castellana: La vida de Benvenuto, hijo del maestro Giovanni Cellini, florentino , escrita por por él mismo en Florencia, Planeta, Barcelona, 1984, págs. 92, 155 y 131; versión inglésa: The Life of Benvenuto Cellini, written by Himself, Phaidon, Londres, 1956, págs. 110, 161 y 138).
9.- GREENWOOD, William Ernest, Villa Madama, Rome, A Reconstrucción, Tiranti & Co., Londres 1928.
10.- SUMMERSON, John (ed.), The Book of Architecture of John Thorpe in Sir John Soane`s Museum, Walpole Society, Glasgow, 1966.
11.- GUNTHER, Robert William Theodor (ed.), Sir Roger Pratt on Architecture, Oxford University Press, Oxford, 1928, págs. 62, 64.
12.- Ibidém. Pág. 19.
13.- DAVIS. William, Hints to Philanthropist, Cunningham & Smith, Bath, 1821, pág. 157.
14.- En la voz privy del Oxford English Dictionary pueden encontrarse unos cuantos ejemplos.
15.- Sólo tras haber escrito esto, me vino en mente cuán similar es la matriz de habitaciones conectadas con la conectiviad múltiple propuesta para la ciudad por Christopher Alexander en “The City is not a Tree”, en Architectural Forum, vol. 122, abril de 1965, págs. 58-62; y mayo de 1965, págs. 52-61.
16.- KEER, Robert, The Gentleman`s House, Londres, 1864, párrafo final.
17.- Véase Turner, John, en Architect`s Journal, 3 de septiembre de 1975, pág. 458.
18.- MORRIS, William, Gossip About an Old House on the Upper Thames, Birmingham Guild of Handicraft, Birmingham, 1895, pág. 11.
19.- Véase en especial MacLeod, Robert Duncan, Morris without Machail (as seen by his contemporaries), W.&R. Holmes, Glasgow, 1954.
20.- BUTLER, Samuel, The Way of All Flesh, Grant Richards, Londres, 1903 (versión castellana: El destino de la carne, Alba Editorial, Barcelona, capítulo 40, págs. 244-245).
21.- La colectivización, lejos de ser lo contrario a la privartización, es simplemente otro modo de obtención de la misma homogeneidad física. Meter Serenyi en su artículo “Le Corbusier, Fourier and The Monastery of Ema” (en Art Bulletin, vol. 49, 4, págs. 227-286) ha llamado la atención sobre las semejanzas entre las primeras propuestas de vivienda de Le Corbusier y la organización de la vida monástica cotidiana, donde tanto lo solidario como lo colectivo representaban renuncias al habla.
22.- BAUER, Catherine, Modern Housing, Allen & Unwin, Londres, 1938 pág. 203.
23.- LAING, Ronald David, Knots, Routledge, Londres, 1970.
24.- La proxémica consiste en el estudio de la organización espacial del comportamiento.
25.- HALL, Eduard T., The Hidden Dimension, Bodley Head, Londres, 1969, págs. 89-90 (versión castellana: La dimensión oculta, Siglo XXI, Ciudad de México, 1997).
26.- Como pronostica Ronald David Laing en la introducción de su libro Knots, op.cit.
27.- Así se tradujo en KOPP, Anatole, Ville et révolution: architecture et urbanismo soviétiques des années vingt, Éditions Anthropos, París, 1967 (versión castellana: Arquitectura y urbanismo soviéticos de los años veinte, Lumen, Barcelona, 1974, pág. 64; versión inglesa: Town and Revolution. Soviet Architecture and City Planning 1917-1935, G. Braziller, Nueva Cork, 1979, pág. 208).